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09 abril, 2012




DESDE ANAMIB:

:: :: Por su interés remitimos la siguiente información :: ::

Me complazco en poder contar con tu presencia y participación en la Mesa Redonda  / Coloquio

“Mobbing, una forma más de violencia en nuestra sociedad. A propósito del libro “Los monstruos del trabajo”

Presenta y modera:

ANTONI BENNASAR.

Presidente del COMIB (Colegio Oficial de Médicos de las Islas Baleares)

Intervienen:

GUILLERMO PERICÁS, psicólogo especialista en Psicología clínica.
 
Introducción a la temática de la mesa redonda.

TOMÁS BLANES, médico especialista en Psiquiatría.

Disertará sobre “Emociones más frecuentes en las personas afectadas: miedo, culpa…”.

JOAQUÍN DOMÍNGUEZ, médico especialista en Pediatría y Medicina de Familia. Máster en Psicología Clínica y Psicoterapia. Autor del ensayo.

Disertará sobre “Mobbing”, ¿violencia en el lugar de trabajo? Prevención y tratamiento.

Coloquio final.
  

Os esperamos

Club Diario de Mallorca, Calle Puerto Rico 15, a las 19 h. del día 11 de Abril de 2012

31 julio, 2011

20 julio, 2011

Concentración ANAMIB 17:00 h. 25 de julio de 2011


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Asociados y amigos de ANAMIB:


Os convoco a todos cuantos podáis acudir a la concentración que llevaremos a cabo a las 17:00 horas del próximo lunes día 25 de julio en apoyo de una trabajadora y asociada nuestra que se encuentra en una difícil situación laboral.

Esta concentración se llevará a cabo en el Paseo del Borne en su confluencia con la Plaza Juan Carlos a la altura del número nº 10, coincidiendo con la puerta del establecimiento BOUTIQUE CORNER.

Será un acto pacífico en el que portaremos
la pancarta de dos metros de largo:



Os pido que hagáis un esfuerzo para estar presentes.

La autorización para la celebración de este acto ha sido solicitada del Delegado del Gobierno por medio de escrito.

OS ESPERO ALLÍ,
no faltéis.

Ricardo Pérez-Accino
Presidente de ANAMIB.

05 diciembre, 2010

Enlace a videos de ANAMIB




En el siguiente enlace encontraréis los videos de la jornada sobre mobbing
organizada por ANAMIB en el COMIB.


(Asociación No Acoso Moral Islas Baleares)
(Colegio Oficial de Médicos de las Islas Baleares)






Gracias por ser como sóis...

31 julio, 2010

¿Era yo o eran ellos?

Desde el principio me ha corroído la duda de si era todo cosas mías, es decir, era yo la que no encajaba en el grupo de trabajo. Y es cierto, no encajaba...

No soy individualista, llevo mis cursillos sobre trabajo en equipo, he trabajado en equipo.
Pero, ¿había allí realmente un equipo de trabajo o solamente una panda de egocéntricos, lameculos, trepas, sabelotodo, pedantes y pedorros? No, no era un equipo de trabajo –eso apenas lo hacían-. Cada uno iba a su puta bola; pero algo sí tenían en común, tenían que tener a alguien a quién acosar.

Mientras estaba de baja -tuve otitis media y litiasis renal-, empezó un médico para la sustitución del médico titular del centro, que estaba muy enfermo. Cuando estaba en el vestuario, entró la enfermera a comunicarme que teníamos sustituto nuevo, pero que no debía hablar con él, "es un psicópata" me soltó. ¿Ah sí? Pregunté. "Sí, es un psicópata, ya lo verás, mejor no hables son él..." Quizás estas cosas -a los que leéis esto- os parezcan extrañas o poco normales, pero allí era lo normal.

Se resumía todo a: "estás con nosotros o contra nosotros".

No era la primera prohibición que recibía sobre hablar o no hablar con personas o limitarme a tratar a unos o a otras según el mundo de mis compañeros de trabajo. Sobra decir que a mí me parecía increíble que quisieran someter mis juicios y criterios según su rasero. Además, estas prohibiciones escondían antiguas rencillas o rencores que nada tenían que ver conmigo. Me sentía completamente libre para hablar con quién quisiera y lo hacía.
El sustituto resultó ser un hombre amable, atento, me cayó bien. Se preocupaba mucho por los usuarios, empezaron de nuevo las reuniones de equipo, que ya no se hacían...
A mí, que soy una persona normal y corriente, me gustó el nivel cultural del sustituto, podías hablar con él de cualquier cosa, y francamente, no noté que fuese un psicópata, pero mis compañeros, la enfermera y la directora decían que sí. Cuando llegaba al trabajo, mi turno empezaba a las 10:45 a.m., nos saludábamos y me alegraba verle por allí, ¡¡por fin había alguien normal con quien hablar!!.

Un día me trajo el libro de Marie-France Hirigoyen, "El acoso moral", me preguntó si sabía que me hacían mobbing. Sí, pero son cinco y estoy sola. Ya había leído el libro, pero lo acepté para releerlo de nuevo. Al final, venciendo el mal rollo que me da la SGAE, me compré el libro y le devolví el suyo. (También me compraré el que recomienda Anamib de Rosario Peña). Le conté algunas cosas del centro y de las irregularidades que existían.
En una de las reuniones de equipo se propuso ¡¡POR FIN!! un cuaderno de enfermería para anotar todas las incidencias. Lo propuso la directora, la enfermera y el T.O. reconocieron que era necesario. Sé que el sustituto estaba detrás de esa idea, lo sé... aunque nunca me dijo nada sobre el tema.

A ver, entendedme, lo que no queda escrito, no sucede...

Casualmente mis dos compañeras esa semana estaban de baja, las dos sustitutas estaban tan entusiasmadas como yo, por fin se podía hacer un registro de todo lo relacionado con las instrucciones sobre los usuarios y podía quedar registrado el más mínimo incidente...

Pues la alegría duró poco; al volver Lolita de alta, se pasó por el forro el cuaderno de enfermería. Ya tenía la agenda para anotar quien quería ir a la peluquería o al podólogo... Seguí escribiendo en él durante unos días hasta que me cansó ver la expresión de Lolita. Ella era la que se encargaba de manipular al T.O. antes de que llegase al trabajo. Nada más verla, según su sonrisa y mirada, ya sabía que ese día tendría al T.O. pendiente de todo lo que hiciera. Mientras, ella, no daba palo al agua, solo un cambio de pañal por día... Que dulce se gana así el dinero...

Siempre pensé que el T.O. era otra clase de persona, más entero, más íntegro, menos manipulable. Cuando dejé de ver la imagen que vendía y comprobé que solo era un títere, me sentí decepcionada.

Semanas antes de ponerme enferma, el T.O. se me acercó y me dijo que yo debía decirles a mis compañeras que el cuaderno de enfermería debían usarlo.

¡¡¡¡¡PERDONA?????

Me dio la risa tonta... No me podía creer lo que oía... ¿Tanto te has dejado manipular que ya has perdido la perspectiva? ¿Quién demonios soy yo para decirle a una igual lo que debe hacer? ¿No eres tú el jefe? ¿Esperas que haga tú trabajo?

Ni hablar, le dije, el jefe eres tú, yo solo soy una gerontóloga. Se enfadó conmigo, le sentó mal.

¿Qué pretendía realmente?
¿Quería recuperar el control de su autoridad a través de mí?
¿Quería que aquellas dos fieras se revolvieran contra mí?
¿Era ya incapaz de doblegar a aquellas dos manipuladoras que se lo pasaban todo por el forro?
¿Quería que me enfrentara a las dos, mientras él permanecía en la sombra como una "nenaza"?
¿Era algo calculado para que mis compañeras me declararan "la guerra", y crear tanta tensión que me largara de allí?

¿Por qué no se lo pidió a la enfermera? Aunque era de la Consellería, a lo mejor, podría haber conseguido que les hicieran caso... además de que la directora lo propuso...

Después de meses y meses de hostilidad de los tres hacia mí, ahora se me presentaba tan pancho a pedirme semejante disparate... no acepté su petición, me daba mal rollo, algo había detrás de sus palabras... no podía ser, a ver, en ese período estaban con lo del ninguneo en plan serio, cada día recibía órdenes contradictorias de él y de la enfermera, si se dignaban a decirme algo, si no tenía que ir averiguándolo a base de amonestaciones; intentaré explicarlo con un ejemplo de cosas que se repetían cada día: según el estado físico de algún usuario/a se podían cambiar las pautas de cuidado de un día para otro, al no quedar anotado y al no decírmelo nadie, y como no respondían mis preguntas, me limitaba a imitar a mis compañeras.

Hoy Fulanita X es llevada desde el transporte al piso de arriba en silla de ruedas por Lola.
Al día siguiente, si yo llevaba a Fulanita X en silla de ruedas, bronca, debe ir en andador.
Al día siguiente Lolita llevaba a Fulanita X en silla de ruedas, no pasaba nada.
Si se me ocurría preguntar por qué ellas no recibían ninguna amonestación, se me respondía que a mí eso no me importaba... que se debía llevar a la usuaria en andador. Ponía una sonrisa y decía "si, si, vale, si, lo haré así" y lo mismo ese mismo día se contradecían las instrucciones sin parar. Pero, repito, solo lo hacía mal yo. Lola y Lolita seguían con la silla de ruedas y haciendo lo que querían, cuando hacían...

Pues era así o parecido con la veintena de usuarios. Cuando estos pequeños incidentes y cosas raras se repiten muchas veces a lo largo de los meses, se hace cansino. Llegas al trabajo sabiendo que hagas lo que hagas encontrarán siempre un motivo para incordiarte sin tregua...

El sustituto llegó a ser para mí un alivio. La enfermera se dedicaba en cuerpo y alma a hostigarle, el T.O. debía sentirse el macho alfa desbancado porque su lenguaje corporal era de rabia, odio; la directora tampoco le quería allí, mis dos compañeras tampoco... pero para mí esos días en que solo estaban pendiente de él, significaba mi día libre...

Debo decir que después de mi primera sesión con el psicólogo de ANAMIB, al día siguiente, llamé al sustituto y le pedí perdón. Mi "día libre" era otra forma de acoso, solo que en mí egoísmo no me había dado ni cuenta... él lo entendió, me dijo que no me preocupara, que estaba bien reconocerlo y ese "darme cuenta" sería provechoso para mi recuperación. Creo que aún sigo sintiéndome culpable... ¡cuánta ceguera! (desde aquí te pido perdón otra vez).

En su honor contaré como le acosaban a él. Él no trabajaba para la subcontrata sino directamente de la Consellería, junto con la directora, la enfermera y la asistenta social.

24 julio, 2010

Morir...

No era nadie, no sentía ni mi ego, nada, solo miedo. Miedo a salir a la calle, a los ruidos del exterior de mi casa. El llanto fue disminuyendo aunque en casa me desahogara a disgusto. Seguía encabezonada en que no debía llorar, mi psicólogo me decía que sí, que debía llorar, me costaba soltarme cuando estaba sola en casa, y me había prohibido a mí misma llorar estando mis hijos en casa. No podía explicarles como me sentía cuando me preguntaban ¿por qué lloras mamá?

Al principio iba de un médico a otro varias veces a la semana, a veces me coincidían dos consultas, una por la mañana y otra por la tarde. No me quedaba otra que ayunar, mi cuerpo dejó de tolerar cualquier cosa sólida que entrara en mi cuerpo; mi hija me preparaba suero por si tenía bajadas de potasio... solamente bebía. Llegué a pesar 42 kilos, me sentía cansada, agotada. Desarrollé una intolerancia a la lactosa que aún me dura, ocho meses han pasado desde que me puse enferma.

Mi miedo a salir a la calle aumentó un día que salí por un encargo de mi hijo. De pronto me encontré en una calle, mirando los edificios y preguntándome ¿qué demonios hago aquí?, estaba bastante lejos de dónde pretendía ir, pero ni recordaba cómo había llegado hasta allí. Mi mente funcionaba en automático. A los pocos segundos reconocí la calle, las tiendas, la Iglesia. Me di la vuelta y me dirigí a mi destino. Mientras andaba recordé que unos días atrás crucé una calle sin darme ni cuenta del tráfico. Un frenazo me volvió a la realidad. Recordé también que días antes me había pasado lo mismo.

Angustiada por el recuerdo de estas situaciones, me di cuenta que aquél maldito "runrún" de malos recuerdos relacionados con el trabajo, me impedían estar en la realidad.
En casa me sentaba frente al portátil, conectada a internet y leyendo todo lo que encontraba sobre mobbing, estrés; me descargaba juegos de puzles, de tetris, de rompecabezas, de cualquier juego al que enfocar mi atención y no caer otra vez en el "runrún".
Mientras estaba con uno de esos juegos que captaban tanto mi atención, pensé en qué la próxima vez que saliera a la calle, contaría. Empecé a contar mis pasos cuando salía a la calle, solía llegar a cuatro o cinco y mi mente volvía a dispersarse sin darme cuenta, de pronto volvía a la realidad, uno, dos, tres, cuatro, contaba escaparates, una zapatería, una tienda de ropa... contaba tapas de alcantarillas, las tapas del gas, las de Telefónica, las de Ono, me olvidaba de llevar la cuenta, volvía a empezar, una de Telefónica, una de Emaya, dos de Emaya... no podía estar en el presente, en el ahora, me iba al pasado, me sentía como un animal escondido en su guarida mental lamiéndose las heridas, mi mente volvía una y otra vez al pasado.
"Soy budista-pensaba-. Sé que todo es mental, pero no puedo salir de este odioso bucle..." No podía meditar, mi paz interior había desaparecido completamente...
Mantenerme en el presente me costaba un esfuerzo agotador. Salía muy poco, quería estar totalmente pendiente y despierta de mis actos, de mis pasos, de mis gestos. De mi mente. Me sentía cansada de vivir, por la noche, cuando me tumbaba a dormir pensaba en qué tal vez, al día siguiente no despertaría. Morir durmiendo era mejor opción que estar muerta en vida, casi vegetando, con aquella sensación de vivir sin que pase el tiempo, con el dolor llenando todo, morir, tan fácil, tan difícil.
Y un día me aferré a la disparatada idea (como si yo les importara) de que no iba a darles ese gusto a mis acosadores. Poco a poco dejé de pensar en morir, en la muerte como liberación de aquel dolor.
Además, tenía a ANAMIB, allí me sentía bien, entre otras personas que estaban siendo hostigadas en su trabajo. Ya no me sentía tan sola. Eran importantes para mí. ANAMIB era una sólida raíz de árbol a la que agarrarte mientras estas colgando en un abismo oscuro y muy profundo, durante la noche más oscura, sin luna y con el cielo completamente nublado.

23 julio, 2010

Recordar...

Soy incapaz de recordar que dije y de que me habló Ricardo de ANAMIB el primer día que hablé con él por teléfono. No recuerdo si fue en noviembre o en diciembre.
Las reuniones se hacen los jueves a las 19:00. En otra entrada hablaré más de ellos y de la maravillosa labor que realizan.
A mitad de camino deseé volver a casa. ¿Para qué iba a ir? ¿Alguien de allí iba a creerme? Dudaba aún que mi médico hubiese dado crédito a lo que le conté.
¿Cómo podía explicarles el terror que sentía dentro, tan dentro? ¿Me creerían, se burlarían?
Solo sabía que no podía explicarme a mí misma aquél terror que sentía y menos aún explicárselo a otra persona. ¿Porqué desde aquél día que me derrumbé el mundo era árido y hostil, oscuro, frío, muerto?
Recuerdo que la tarde que me acerqué por vez primera a la asociación ya había anochecido, tenía frío, llevaba unas gafas de sol muy oscuras, ocultándome, ocultando mis ojos hinchados de llorar y la expresión de mi cara, una expresión que no soportaba ver en el espejo. Me vi de refilón en un escaparate, ¿dónde vas?, pensé. Nadie te va a creer.
Pero llegué hasta allí, empecinada, bastante me había costado salir de casa para echarme atrás a mitad de camino. Tuve suerte ya que solo había cuatro personas, Ricardo, Guillermo (psicólogo clínico) y otra mujer, víctima de acoso laboral. Sé que de haber habido más gente no habría dicho ni mú. La otra mujer es argentina, recuerdo que su forma dulce de hablar me sosegó algo. Recuerdo su tono de voz, pero no recuerdo de qué habló. Recuerdo a Ricardo y a Guillermo haciéndome preguntas; de esa tarde apenas me recuerdo a mi misma diciendo que nadie me iba a creer nunca, que "ellos" siempre vendían su imagen de "adorables", les conté un incidente que se me había quedado bloqueado durante meses y que no había podido contar a nadie salvo a mi hija y que solo le mencioné dos o tres veces.
Desde que me dieron la baja en el trabajo, estaba sumida en un horrible estado mental. Quisiera que entendierais lo desesperanzada que me sentía. Con un imparable monólogo interior, un "runrún" que no podía parar. Por las mañanas me despertaba tensa, agarrotada, tiesa cuán larga soy, dolores en los dos brazos, en los dos hombros, contracturada de cintura hacia arriba, calambres en los gemelos, las cervicales rígidas, una irritante e insoportable parestesia en el brazo izquierdo que se acentuaba increíblemente cada vez que me acordaba del trabajo o de mis compañeros de trabajo.
Sentía que mi interior no existía, que era una cáscara vacía, con lo mínimo indispensable para regir mi cuerpo. No tenía hambre, solo nauseas. El trastorno gastrointestinal era un infierno. Sentía que el tiempo se había detenido, me parecía revivir todos los días lo mismo; dolor, dolor, dolor. Físicamente, mentalmente, anímicamente, espiritualmente; no me sentía viva, sino como una especie de zombi o sombra de lo que antes fui.
Recuerdo que unos días antes de ponerme enferma, una tarde que el ninguneo se me hizo insoportable, me encerré en el aseo, y allí sentada, me arrancaba el vello de las piernas; y sí, estaba viva, no era un fantasma; si me dolía, es que estaba viva.
Ellos podían negarme el habla, se podían dar la vuelta para hablar entre ellos cuando yo les dirigía la palabra, como si no existiera... podían ignorarme hasta que era un ser vivo... pero el dolor me decía que era yo real, que existía. Muchas veces me reprimí las ganas de decirles que si no existía para hablar, porqué no hacían ellas la parte que les tocaba de trabajo.
Para eso sí que existía... pero siempre he entendido que a un igual en el trabajo no tienes por qué recordarle cuál es éste. Siempre callé y trabajé.
De pronto, Guillermo le puso un nombre a lo que estaba sintiendo.

Ocurrió en el trabajo un incidente que aún ahora, me hace dudar de la cordura de mí compañera, ojalá llegue el día que para acceder a un lugar de trabajo en el entorno sociosanitario se hagan test o exámenes psiquiátricos.
Quizás uno para averiguar qué tipo de maltratador eres, otro para saber qué grado de psicopatía tienes, otro para averiguar cuánto desprecias la vida de los demás para putear a una compañera y quedarte tan pancha... para averiguar si tu narcisismo te permite trabajar en equipo...
El llanto y la tensión en las cervicales me producían unos insoportables dolores de cabeza. Semanas después llegó lo de morder fuertemente mientras dormía. Dolor de muelas, de los huesos del cráneo y de los músculos faciales y del cuello.
Seguía sintiendo miedo para todo. Salir a la calle me suponía un ataque de llanto, pero salía. Me iba a comprar al supermercado llorando. Me acercaba hasta el estanco llorando. Paseaba a mi perro llorando. Lloraba sin parar, no podía controlar mis emociones, no podía controlarme a mí misma.
No podía dormir, no tenía hambre, solamente sentía dolor, a veces creía que el alma había huido de mi cuerpo, que el espíritu me había abandonado, que mi mente se había ocultado en algún lugar de mi psique o en mi inconsciente, ya no era yo... ni cosa ni persona ni nadie.

21 julio, 2010

13 de octubre de 2009 [2]

Sentí en mis hombros un peso horrible que me mantenía paralizada en la silla, incapaz de asimilar lo que acababa de comprender...
Alguien dijo que ya había llegado el transporte para el 2º turno. (17:00). La monitora de las tardes aún estaba por el centro. Me esforcé en levantarme para cumplir con el trabajo, pero parecía que me encontraba envuelta en una nube o una bola o no sé qué; me sentí aislada de lo que me rodeaba. Acabé mi jornada laboral aguantando el tipo, aún no sé como... solo pensaba en que nadie me vería llorar, no quería que me vieran llorar...

Al cerrar la puerta de mi casa, me apoyé en ella y acabé en el suelo llorando de un modo totalmente descontrolado.

Mi hija me levantó del suelo, me preguntaba que había pasado, no podía contestarle, me arrastró hasta mi cama. No podía hablar, recuerdo que en mi cuello sentía una horrible sensación de ahogo, no podía respirar, un dolor inmenso se apoderó de todo, de mi cuerpo, de mi mente; volvieron los ataques de ansiedad o de pánico.

Recordé como si estuviera rememorando un ensueño que Mónica me había dicho que lo apuntara todo. Como pude lo apunte en mi cuadernillo rojo.
Pasé otra noche horrible, conseguí dormir a ratos, vencida por el agotamiento del llanto. Me despertaba llorando, no podía dejar de hacerlo...
Por la mañana mi hija me avisó de que me había preparado un desayuno, volvió el llanto con más fuerza, tuve un ataque de pánico. Me calme o lo intenté por la expresión angustiada de mi hija, como me dolía verla sufrir por mí.
Ella me hablaba, pero no recuerdo nada de lo que me dijo, me cogió del brazo y me llevó hasta la ducha, me ayudó a desnudarme. Debajo del chorro del agua, noté que me relajaba un poco, lo suficiente para derribar esa mínima barrera que había construido y tuve otro ataque de pánico.
Mi hija decía algo del centro de salud; tenía razón, tenía que ir.

Me costó lo mío salir de casa llorando.
Para mí llorar es algo íntimo, algo que ni la familia puede ver o saber. Me sentía humillada, me enseñaron en mí familia que las lágrimas no son para nosotras, que nosotras, las mujeres de mi familia, siempre hemos sido fuertes y luchadoras y jamás nos vencen las lágrimas, nos las tragamos y luchamos con la fuerza de nuestra feminidad, o sea, con dos ovarios...

Pero mis ovarios se habían deshinchado y de paso deshidratado.

En el centro de salud me atendió una doctora suplente de mi médico.
Me dio la baja, Paroxetina© y Alprazolam©.

Alprazolam 0,50 mg: ½ -1-0
Alprazolam 1 mg: 0-0-1
Paroxetina 25 mg: 0-0-1 (después de la cena).

Pasé por la farmacia y fui a casa, el alprazolam me hizo efecto y dejé de llorar y tener ataques de pánico.
Pero me sentía en otro mundo, mi interior estaba "muerto"; sentía que solo era un cuerpo con "algo" que lo mantiene funcionando a mínimos. Y no era por las pastillas.

Pasé dos semanas con el alprazolam, mi médico ya había vuelto y me recomendó qué era mejor no tomarlas porque eran adictivas. Me pareció bien. Me dejó la Paroxetina©.Le expliqué entre llantos y ahogos lo que sentía. Se levantó de su mesa y tras coger una carpeta me recomendó que llamara a ANAMIB "Asociación No Acoso Moral Illes Balears" o que fuera allí y me asesorarían sobre el acoso en el trabajo. Me dio el número de teléfono y me puse en contacto con ellos.